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HOMILÍA

Cada semana la homilía del domingo y días festivos

NO PODEMOS EVITAR LA TENTACIÓN

La tentación no es el pecado

I DOMINGO DE CUARESMA
TEXTOS: Gen 2,7-9;3,1-7; Sal 50; Rom 5,12-19; Mt 4,1-11

Sufrir la tentación no es pecado, pero caer en ella sí. Por eso en el Padrenuestro rezamos: no nos dejes caer en la tentación. Nadie está libre de ser tentado, pero todos podemos vencer la tentación, con la gracia de Dios y nuestra colaboración. Así lo refleja el evangelio de hoy, en una escena en la que Jesús se presenta cargado de humanidad: Jesús sufre la tentación. El mismo Hijo de Dios, se somete a la realidad existencial de la posibilidad de hacer el bien o el mal, de buscar lo que agrada a Dios o lo que complace al propio egoísmo.

Con frecuencia confundimos el pecado con la tentación: creemos que es un todo indisoluble y que la tentación no tiene más salida que el pecado. La primera lectura del libro del Génesis nos narra la tentación y el primer pecado de nuestros padres, pero este no es el final de la historia. El pecado fue vencido por Jesucristo, nuestro Salvador. Como dice san Pablo: si por la desobediencia de uno solo, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos. La tentación, que es sólo un asalto, puede ser vencida en el combate final.

Unas veces, nos sentimos fuertemente recompensados cuando nos presentamos ante Dios para darle las gracias por la tentación vencida: conseguimos armonizar nuestra vida con nuestra calidad de creyentes y rehuimos la tentación y evitamos el pecado. Otras, ante la caída en la tentación, nos presentamos ante el Señor e imploramos su perdón. No podemos soñar un mundo sin pecado, mientras vivamos en nuestra carne mortal. Y por tanto no es posible evitar las tentaciones. Nos asaltan por doquier. El mismo Jesús se nos muestra en el Evangelio de hoy como ejemplo de un hombre tentado por el demonio: Jesús, quiso parecerse en todo a nosotros, menos en el pecado.

La sutileza del tentador nos deja tres tentaciones tipo: Jesús es tentado por el poder (dominar la tierra), por el dinero (tener y poseer), por el prestigio (ser admirado por todos). Son tentaciones «muy humanas», por frecuentes. También son sugeridas al Hijo de Dios, camufladas de bien como todas las tentaciones, pero el Maestro nos deja otra enseñanza hecha vida: Jesús nos muestra la posibilidad de vencer y salir triunfante, nos indica el camino para nuestra victoria. La tentación se vence cuando en nuestro corazón habita el Señor, cuando dialogamos con él en la oración y lo ponemos de nuestro lado para luchar contra el tentador. Pecamos no solo contra una ley sino contra Alguien que tiene rostro concreto y lo sentimos dentro de nosotros. Por eso, Jesús se muestra venciendo la tentación en el marco del desierto, lugar privilegiado de encuentro con Dios, de oración amiga con el Padre: el mismo Jesús reclamo la ayuda del Padre para vencer la tentación.

Miserere mei… «Misericordia, Señor». Estas son las palabras que abren uno de los salmos más famosos (Salmo 50). Hoy lo recitamos en la Misa. La música y el arte en general han recogido este sentimiento y lo han expresado con belleza.

El Miserere, refleja al hombre, indefenso, postrado ante la omnipotencia del amor de Dios, pidiendo clemencia y perdón.

Sentirnos pecadores es un acto de humildad. No sentirnos perdonados es un gesto de orgullo y soberbia. ¿Pido humildemente perdón a Dios? ¿Lo recibo con gozo?

Alfonso Crespo Hidalgo

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